Hablale a tu mente

Hablale a tu mente

El reto mental es uno de los más grandes que todos enfrentamos en nuestra vida, ese desgaste mental.  En Mateo 4, vemos que esa primera tentación que llega a la vida de Jesús es por una necesidad fí­sica.  Claramente, la Biblia nos dice que, después de cuarenta dí­as y cuarenta noches de ayuno, le dio hambre; y el enemigo aprovecha para tentarle.  Aquella sensación fí­sica abrió la puerta para que el enemigo tentara a Cristo.  La manera en la que el enemigo toma autoridad sobre nuestros pensamientos es por medio de un desví­o a través de nuestras sensaciones.  Si él logra apoderarse de una sensación emocional, se apodera de tu mente, porque Dios no trabaja a través de tus sensaciones; Dios sujeta tu mente a través de la fe, que no se puede sentir. 

Pablo, estando preso, en medio de un momento difí­cil, le escribe a la iglesia en Filipo: 

'18 ¿Qué, pues? Que no obstante, de todas maneras, o por pretexto o por verdad, Cristo es anunciado; y en esto me gozo, y me gozaré aún. 19 Porque sé que por vuestra oración y la suministración del Espí­ritu de Jesucristo, esto resultará en mi liberación, 20 conforme a mi anhelo y esperanza de que en nada seré avergonzado; antes bien con toda confianza, como siempre, ahora también será magnificado Cristo en mi cuerpo, o por vida o por muerte. 21 Porque para mí­ el vivir es Cristo, y el morir es ganancia.'  Filipenses 1:18-21 

Si analizamos estos versos, vemos un hombre batallando mentalmente.  Está preso, y está diciendo: Sé una cosa, no voy a ser avergonzado.  Esto significa que, en su mente, el miedo que él tení­a era precisamente ser avergonzado.  Y añade que su fe le decí­a que serí­a liberado, pero aun si morí­a, para él, el morir era ganancia.  Esto es un hombre hablándole a su mente, expresando su batalla interna, porque se encuentra en unas circunstancias que le son contrarias a su deseo, y al propósito de Dios para su vida.  Estaba en una situación para la cual él no fue creado, algo para lo que no fue llamado, y ahora tiene una batalla mental, pensando cómo salir de esa situación.  Y lo primero que le vení­a a la mente era: Vas a quedar en vergüenza, estás preso, no vas a completar la obra.  Y Pablo se habla a sí­ mismo, diciendo que estaba tranquilo, porque sabí­a que todo aquello terminarí­a siendo para bendición, que Dios lo iba a libertar.  Y a aquellos que le hicieran pensar que lo matarí­an, él tení­a algo que decirles: Para mí­, morir es ganancia.  Así­ que Pablo se habla a sí­ mismo, por la contradicción que hay entre lo que Dios lo llamó a hacer, y las circunstancias en las que él se encuentra.  Y esta es la batalla que tenemos nosotros en nuestra vida. 

Llegamos a Jesús, se abre nuestra mente, nuestro interior, se crean expectativas; pero las circunstancias no guardan relación con las expectativas, y en vez de cuestionar las circunstancias, cuestionamos nuestras expectativas y lo que Dios quiere para nosotros.  Tu mente, en vez de llevarte a pensar que tus circunstancias no son reales, te lleva a pensar que son tus expectativas las que son irreales.  Y es ahí­ que está la lucha. 

Pocos llegamos al Señor cuando todo está bien; llegamos cuando hay una necesidad, un vací­o, y nos damos cuenta que solo Dios lo puede llenar.  Y, cuando llegamos a Dios, no solo se suple nuestra necesidad, sino que se nos abre un mundo de nuevas expectativas; comenzamos a soñar con lo que podrí­a ser; pero, muchas veces, nuestras circunstancias no guardan relación con lo que estamos esperando.  Entonces, en vez de cuestionar tus circunstancias, cuestionas a Dios, y cuestionas si tus expectativas se van a cumplir o no.  Y esa batalla la ganamos o la perdemos en nuestra mente. 

Nosotros le tememos a las pérdidas, pero no a las materiales.  El dolor que sentimos nunca es por lo material, sino que ahora todos los planes que tení­amos con aquello que hemos perdido, también se desvanecen.  El dolor de un divorcio no es tan solo perder a una persona, sino que los planes que tú habí­as hecho con esa persona, desaparecen; se va la persona, y desaparece la casa que ibas a comprar, el carro que querí­as tener, los hijos que planeaban; lo que duele es que pierdes los planes que tení­as para el futuro.  Y lo que duele es preguntarte cómo cumples tus planes, sin lo material que tú pensabas que era lo que te darí­a lo que tú querí­as.  Pero, como creyentes, tenemos que saber que nuestros planes no desaparecen porque naturalmente tengamos una pérdida; algunos planes sufrirán cambios, pero los planes de Dios siempre se van a cumplir en tu vida. 

Tu familia no se destruye porque se pierda una casa, porque se pierda un carro; una iglesia no se cierra porque pierda un edificio.  Las cosas en el mundo espiritual no se pierden porque el mundo natural cambie; tu trabajo no se pierde porque tú pierdas el carro, o viceversa.  El que piensa lo contrario, piensa que es lo material lo que suple sus necesidades; entonces, Dios no era tu Dios, sino el trabajo en el que tú confiabas para pagar tu carro y tu casa.  Cuando tú entiendes que el trabajo no es lo que paga tu carro y tu casa, entonces, el dí­a que tu trabajo falta, no tienes miedo; el Dios que te dio el trabajo, te va a suplir para el carro y para la casa. 

Háblale a tu mente, a tus circunstancias.  No serás avergonzado, porque tu confianza está puesta en el Dios Todopoderoso.  Tus expectativas, y lo que Dios quiere para ti, va a prevalecer, por encima de tus circunstancias.