SIRVE Y AMA
En Mateo 8, un centurión se acerca a Jesús para pedir por su siervo paralítico⦠'7 Y Jesús le dijo: Yo iré y le sanaré. 8 Respondió el centurión y dijo: Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; solamente di la palabra, y mi criado sanará. 9 Porque también yo soy hombre bajo autoridad, y tengo bajo mis órdenes soldados; y digo a éste: Ve, y va; y al otro: Ven, y viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo hace. 10 Al oírlo Jesús, se maravilló, y dijo a los que le seguían: De cierto os digo, que ni aun en Israel he hallado tanta fe.' Mateo 8:7-10
La fe que asombra a Jesús, es una basada en amor. Esta es una fe producto de ver un milagro en la vida de alguien a quien se ama. Ni el centurión ni la mujer sirofenicia pudieron disfrutar del milagro inmediatamente, aunque el milagro ocurrió al instante. Ellos tuvieron que llegar a su casa para ver que el milagro se había hecho. Su amor los llevó a distanciarse de aquellos que amaban para ver el milagro; y la fuerza de la fe que ellos tenían era producto del amor.
Muchos quieren ejercitar fe, y para esto buscan grandes metas, sueños, ambiciones. Tú debes progresar, ponerte metas y tener sueños, pero la fuerza más grande en tu vida es el amor. Cuando tú amas a alguien y quieres que algo ocurra en su vida, entonces tú puedes verdaderamente creer. La fe más grande la ejerces por aquellos a quienes amas. El problema es que has sido tan defraudado por aquellos que has amado, que has dejado de amar, y por ende, has dejado de tener fe. Quieres tener una mejor vida, tratas de tener fe, pero no te has dado cuenta que tus heridas del pasado te llevan a no amar con la intensidad necesaria para creer por algo más poderoso.
Muchos creen que el matrimonio se cambia, se arregla o se mantiene porque se tenga una casa nueva; pero la base de tu matrimonio no fue una casa, sino amor. Tu amor te hizo obviar todos los defectos, te hizo soñar en que se podía alcanzar cosas nuevas. Hoy estás tratando de lograr ciertas cosas para mantener el amor, sin darte cuenta de que es el amor lo que te permite lograr.
Un día tú debes dejar de pedir que Dios haga un milagro en tu vida, y debes tú convertirte en el milagro de alguien. Pídele a Dios que te muestre a quién tú puedes bendecir.
En esta historia del centurión, lo que observamos es a un hombre que amaba a una persona con intensidad. En otro de los evangelios se nos dice que fueron los judíos quienes llamaron a Cristo, y le dijeron: Hazle el milagro que él quiere, porque nos ha construido una sinagoga. Este hombre había dado grandes ofrendas, y los judíos âque no estaban muy de acuerdo con Cristo, sino simplemente comprometidos con aquel hombre porque les había construido un grande templo â buscaron a Jesús para que hiciera un milagro por aquel hombre. Lo poderoso es que, siendo aquella la única oportunidad que este hombre tiene de pedir un milagro a Dios, no lo pide directamente para él, sino para alguien a quien él ama. Esto nos enseña que tú no tienes que ser un centurión, pero puedes ser el siervo de un centurión. Tu servicio puede llevarte a un nivel de que gente en autoridad interceda a tu favor en tu momento de necesidad.
Muchos quieren posiciones de poder, pensando que teniendo poder se resuelven sus problemas; pero teniendo poder vas a crearte más problemas; si no supiste resolver tus problemas sin poder, menos los vas a resolver con poder en tu mano. Pero qué poderoso llegó a ser este siervo, y qué amor tenía este hombre por aquel siervo que, cuando este hombre fue delante de Jesús, pidió un milagro por él.
Pídele a Dios que, en tu vida, no sean solo tus oraciones las únicas que Dios oiga. Sirve de manera tal que haya gente que esté orando por ti. Tu servicio a Dios y tu servicio a los hombres es lo que hace que haya gente en autoridad que interceda por ti. Procura que, cuando tú necesites un milagro, haya alguien en autoridad que, en lugar de pedir por sí mismo, pida por ti.
Nunca permitas que tu ego interrumpa tu servicio. Quítate el título de la cabeza; sirve a quien sea, como puedas; haz lo mejor. Olvida si te aplauden o no. La gente a quien tú sirves es la que, un día, te va a dar acceso a lo que, de otra manera, tú jamás hubieras podido tener.
Dice la palabra que, aunque trabajes para hombres impíos, lo hagas como para Dios, porque íl no es injusto para olvidar la obra de tus manos. Si tu jefe no es muy buen jefe, sírvele comoquiera, como si fuera a Dios, porque íl va a ver tu capacidad de reconocer la posición y honrarla, a pesar de su carácter; Dios ve tu corazón y siempre tendrás a alguien en lugares altos que va a interceder a favor tuyo.
Sirve y ama.